Juan Bosco Díaz-Urmeneta

Desvelar Poéticas Ocultas

(Diario de Sevilla, 24 mayo 2010)

 

 

José Guerrero. Portfolios. 

Galería Alarcón Criado, Sevilla (2010)

 

A veces el fotógrafo se comporta como si fuera un historiador de espacios y rastrea en los lugares la marca que deja el tiempo: levanta acta del abandono de sitios de los que sólo quedan restos, recoge el testimonio residual de cultivos o trabajos caídos en desuso, intenta sorprender la frontera donde las nuevas construcciones amenazan hábitats tradicionales, o sencillamente, fija el instante en el que la mirada y el paisaje logran una feliz sintonía.

Este escrutinio del tiempo caracteriza los trabajos de José Guerrero (Granada, 1979). Sus andanzas por los pueblos del Órbigo (río de nombre euskaldún que baña una comarca leonesa campesina y ganadera) señala encuentros entre modos de vida tradicionales y los de hoy. Calles típicas de zonas rurales tienen viviendas de corte actual, las ruinas de un edificio industrial coexisten con antiguos recintos excavados en una loma para acoger quizá al ganado. Quizá esta fusión de tiempos la exprese la ferretería de Benavides de Órbigo: las nuevas existencias no han alterado la disposición de vetustos anaqueles ni suprimido la camilla que, fuera del mostrador, ofrece abrigo, durante el invierno, al comerciante y al cliente.

La serie Desértica no se ejercita sólo en el accidente geográfico, el desierto de Tabernas en Almería, sino en el modo en que la tierra yerma se ha ido apropiando de nuevo de los espacios que le hurtaran ciertas prácticas humanas, los trabajos cinematográficos que durante años se llevaron allí a cabo. Tampoco recoge Guerrero en Tabernas los edificios, ahora silenciosos, de las ficciones fílmicas, sino el efecto del cese de tales actividades. Hay carreteras interrumpidas que esquivan el lugar en vez de conducir a él, comercios desmoronados por el abandono, anuncios descuidados (ya no remiten a ninguna parte) y degradado por efecto de las temperaturas extremas. La serie logra una rara y hábil indefinición entre irónica y melancólica: algo ha terminado, sí, pero a fin de cuentas, sólo era una ficción. En el fondo, una metáfora de alcance: ¿a cuántas iniciativas y proyectos cabe aplicarla?

Down Town es quizá la serie en la que el tiempo aparece de forma más viva. Los grandes edificios, no del todo acabados, se levantan en la tierra de nadie que se extiende en los límites de la ciudad. Cerca hay todavía casas modestas, pequeños almacenes e incluso algún huerto de los que suelen contornear la ciudad. Se abre así un espacio en el que no sólo pugnan lo viejo y lo nuevo, sino lo que tenía nombre y la urbanización aún anónima. La serie rinde además cuenta del impulso viajero del autor: El Cairo, Londres, Moscú, pierden muchas de las notas con que las presenta la industria turística para revestir caracteres similares: entornos urbanos de los que desaparecen ciertos modos de vida o se antojan amenazados por algún viaducto que, indiferente, cruza sobre ellos.

Las fotografías de la serie California, la más antigua de las expuestas, incorpora el tiempo de modo diferente: en ella lo decisivo es el instante, el momento en que el fotógrafo logra una comprensión significativa del medio, natural o urbano, que lo rodea.

La muestra, finalmente, se presenta en un doble soporte. Hay imágenes que aparecen en carpetas, portfolios, emparejadas como si dialogaran entre ellas. Pero las paredes de la sala ofrecen también las fotografías casi todas sin marcos, fijadas directamente al muro, como si rehuyeran cualquier tipo de retórica. Entonces cobran un carácter de objetos hallados con los que el autor se tropezó y a los que hizo de un modo u otro hablar.

En ese sentido la muestra guarda cierto paralelo con la propuesta que en la galería Rafael Ortiz (en la entreplanta) ofrecen dos profesores de la Facultad de Comunicación, Fernando Contreras y Miguel Nieto. Son también objetos hallados: viejas fotografías y tarjetas postales, algún que otro anuncio, un increíble sobre de carta de los años de la postguerra civil. A cada uno se les ha añadido un breve texto: casi siempre en forma de haiku, a veces un aforismo. Funcionan. No sólo porque hacen pensar, sino porque, como ocurre con las fotos de Guerrero, ofrecen pistas a la mirada para desvelar rasgos poéticos en la prosa de lo cotidiano.