Alfonso de la Torre

José Guerrero – Cuestión de Límites

(Extracto, Catálogo Premio Pilar Citoler 2014)

 

 

Es fugaz el mundo y breve la vida.  La muerte nos lo recuerda con frecuencia.   No carece de coraje, José Guerrero (Granada, 1979), artista muy contemporáneo capaz de plantear dicha contemporaneidad desde su mundo quieto, impertérrito desde la representación del paisaje tan un escenario, frecuentador de un aire vacío, inefable, elogiador de la inmensidad del territorio, de los límites de lo visible, de la frecuentada ilimitada energía que canonizara Rosenblum[1].   Sentenciamos así, refrendando a Plossu, que lo que hace Guerrero tiene un fuerte componente poético y valga como muestra la belleza de algunas series hondamente líricas, como sucede en “Heaven” (2011), donde titilan las ciudades pareciere vistas desde el rasear nocturno del avión. Otros ciclos de aura poética merecen citarse como “Thames” (2008) o “The Bay” (2011) o, también, algunas imágenes inefables desprendidas de su serie norteamericana (y entre mis favoritas “Hwy 80, Near Wendover, Utah 2011”), obras con grandes resonancias, de aire memorable, casi épicas.   Mas no es Guerrero, solamente, un fotógrafo de lo inefable, pues la mirada que ejerce sobre el paisaje lo es desde una elevada consciencia que jamás se ausenta del concepto de su obra, siendo capaz, lo más difícil, de obtener un estilo con algo tan complejo como es la muestra del paisaje, de tal modo que su personalidad creadora es reconocida desde tan complejo lugar: basta la luz, color y atmósfera.   Paisaje inefable mas no exactamente inocente pues es Guerrero ejercitador de algo, más difícil aún, como es la sobriedad de medios y de color, para avanzar de inmediato sobre cuestiones capitales de su quehacer, tal son la representación de la memoria y el olvido, también la diferente percepción del paisaje.  (…)

Con algo de música serial, no excluyendo tampoco un aire mínimal que impregna de desnudez la muestra del paisaje, bajo tan personal mirada obtiene un despojamiento inquietante.  .  Su visión es, así, declaradamente trasversal y poliédrica, lo cual no impide su búsqueda de una suerte de universal alusión al paisaje, como sucede en sus líricos fragmentos de espacios, muy de tierra, de La Mancha, torneriano aire de dos partes, horizonte simbólico, suelo y cielo separados apenas por una delgada línea. Cuestión de límites.

 

[1] Es sabido que el término es de Robert Rosenblum (1927-2006) en “Lo sublime abstracto (“ARTnews59”, nº 10, Nueva York, II/1961, pp. 38-41).   Rosenblum fue el crítico que estableció contemporáneamente la conocida tesis que relacionaba el nacimiento de la abstracción pictórica con el espíritu del paisaje, muy en especial el paisaje del siglo XIX y la tradición romántica del norte de Europa y América.   Un viaje, el propuesto por Rosenblum, que partiría desde los hielos de Friedrich y concluiría con la pintura lunar de Gottlieb o los imponentes campos de color rothkiano.   Para Rosenblum, tan impreciso e irracional como los sentimientos que trataba de nombrar, lo sublime podía aplicarse tanto al arte como a la naturaleza: de hecho, una de sus expresiones capitales sería la pintura, la representación, de paisajes sublimes. Vid.: Alfonso de la Torre, “La ilimitada energía del paisaje”, Gobierno de Aragón, 2008

2 Torneriano: Alude a los cuadros de dos partes de Gustavo Torner (Cuenca, 1925).   Hay juego, también, con la palabra (re-torno).